viernes, marzo 23, 2007

Socavones en la base de la nación

Les comparto este artículo excelente que apareció el 22 de marzo de 2007 en el periódico "Reforma".

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Socavones en la base de la nación
Lorenzo Meyer

Sin reconocer, admitir y discutir los pasajes obscuros de nuestra historia, las bases del Estado y la nación no tendrán la fuerza que debieran


El pecado de origen
Son muchos los oscuros socavones que hay en los cimientos del Estado y nación mexicanos. De varias maneras, y a lo largo de nuestra historia, en aras de grandes conceptos -tales como civilización, evangelización, rey, progreso o, finalmente, la construcción de la nación mexicana- o, incluso, del beneficio personal de individuos, grupos y clases se ha causado el sufrimiento o la expropiación de otros muchos. En ocasiones, ese abuso tocó los límites de lo inhumano: la explotación extrema o el exterminio.

Un ejemplo entre muchos posibles
Una visita rápida a Sonora y el toparse con el tema de los seris -que igual pudo ser el de los mayos, los yaquis, los guarijíos, los ópatas, los pimas o los pápagos- fácilmente puede llevar al observador a un cuestionamiento de la naturaleza original de algunas de las bases en que están hoy montadas las estructuras sociales y de poder de nuestro país -el Estado mexicano- y la idea misma de comunidad nacional.

Algunos de estos fundamentos son absolutamente legítimos y fueron muy bien resumidos por José María Morelos en Los sentimientos de la nación (1814). Pero otros, justamente los menos discutidos pero muy actuados, son francamente sombríos. Se trata de aquellos donde no hay elementos que puedan enorgullecernos y que justamente por eso deberíamos esforzarnos por discutirlos a fondo, como lo hicieron los norteamericanos bajo el liderazgo de Martin Luther King, o los sudafricanos encabezados por Nelson Mandela y el obispo Desmond Tutu, a fin de continuar la construcción de la nación mexicana de una manera más honesta y, también, más realista y efectiva.

Volviendo a Sonora y al caso del pueblo seri -la nación Comcáac como ahora se denominan los interesados-, su drama nada tiene de único en nuestra historia. Con variantes, el caso se encuentra repetido en otras regiones del país. Veámoslo pues como un ejemplo ilustrativo. De ser un pueblo nómada y bien integrado a su entorno natural en la costa sonorense del Golfo de California, los seris pasaron a ser definidos en el siglo XVII, por quienes buscaban su sumisión a la autoridad real, como gente de lengua "dificilísima" y además "sin pueblos, sin casas ni sementeras", es decir, sin valor o utilidad alguna para los representantes de los valores e intereses de los colonizadores. Los seris se resistieron a adoptar la vida sedentaria que entonces les quisieron imponer la Iglesia, la autoridad virreinal y los colonizadores y permanecieron ajenos a la "modernidad". Se les llegó a caracterizar entonces como "raza satánica" y se decidió que podían y debían ser exterminados.

La tradicional zona de desplazamiento de los seris en sus ciclos de trashumancia empezó a ser reclamada para la agricultura y la ganadería desde la época colonial, pero fue con el nacimiento de la República Mexicana, cuando la zona propiamente de residencia de estos indígenas fue reclamada por los invasores -por los mexicanos. Fue en el siglo XIX, en el nacional, cuando se acentuó la política de eliminación del indígena renuente a su "incorporación".

Los seris eran pocos, y habían desarrollado una forma de vida y todo un complejo cultural con base en la utilización de vastos espacios desérticos que ellos recorrían de manera periódica. Para ellos resultaba inaceptable tener que adaptarse a la vida sedentaria dentro de la economía capitalista. Desde la perspectiva de los mexicanos, este pueblo independiente fue visto como un "obstáculo" para el progreso y formación de la nación y no se consideró que pudieran tener un lugar en la patria grande.

Con la caída del Porfiriato y la implantación del régimen de la revolución -en particular durante el gobierno de Lázaro Cárdenas- la autoridad decidió dejar de combatir abierta y oficialmente al puñado de seris sobrevivientes y volvió a intentar integrarlos mediante el reconocimiento de parte de sus antiguos territorios como propiedad comunal -la isla Tiburón y parte de la costa de Sonora-, sedentarizándolos e integrándolos a las instituciones de la nación mayor: la mexicana.

Sin embargo, para entonces, eso que hoy ya es aceptado, aunque no oficialmente, como la nación Comcáac, parecía destinada a desaparecer, algo que antes ya había ocurrido con los guaymas y tepocas, entre otros grupos étnicos. Finalmente, con la propiedad comunal, ciertos servicios de salud y educación y, sobre todo, con un esfuerzo propio por adaptarse al hostil entorno nacional, la demografía seri revirtió su tendencia y hoy va en aumento: de haber quedado reducidos a un centenar en la actualidad son ya un millar. No obstante, en un país de 107 millones de habitantes, la moneda de la viabilidad seri como estructura cultural está en el aire, y así nos lo deja saber el libro de Diana Luque (una académica) y de Antonio Robles (una autoridad seri), Naturalezas, saberes y territorios Comcáac (seri), INE-Semarnat, 2006.

La terrible experiencia de los seris en los últimos siglos no es más que un capítulo de una historia mayor igualmente trágica y violenta y que es parte de los socavones en que están montadas las actuales estructuras económica, social, política y cultural de México.

La inequidad en el pago de la factura histórica
La nación y el Estado mexicanos son fenómenos relativamente recientes. En nuestro caso, un Estado más o menos efectivo data de fines del siglo XIX y una nación mexicana real es algo aún más reciente. Para llegar a su creación, y como ha sucedido en multitud de casos en la historia mundial, hubo de emplearse mucha fuerza, mucha dureza y cometerse numerosos actos de injusticia e incluso atrocidades con los pueblos originarios, primero, y con las clases populares y lo que quedaba de esos grupos étnicos, después.

La tragedia de los seris resulta compartida por buena parte de las otras etnias semi nómadas de lo que hoy es el sur de Estados Unidos y el norte mexicano. Tal fue el caso, en el noreste, de quienes formaban parte de la comanchería -un buen ejemplo son los lipanes- y, en el oeste, de los diversos grupos integrantes de la apachería -en especial los chiricahua de quien era dirigente Gerónimo, el último gran líder apache- y por cuyas cabelleras los gobiernos de los estados fronterizos del México independiente llegaron a ofrecer entre 150 y 200, según se tratase de indio vivo, muerto o si era mujer o menor de 14 años (véase al respecto a Carlos González y Ricardo León, Civilizar o exterminar, México, CIESAS, 2000).

Ni qué decir de las guerras contra los yaquis o de la violenta presión para que los rarámuris (tarahumaras) dejaran las planicies en Chihuahua, por ejemplo, ésas de donde hoy se encuentra Ciudad Cuauhtémoc, y se refugiaran en las difíciles montañas en que hoy sobreviven. En el otro extremo del país está la guerra de los mestizos yucatecos y del gobierno federal contra los mayas rebeldes o de los blancos contra los chamulas en Chiapas. Pero hay más socavones: el trabajo de 15 horas diarias en las fábricas textiles del Porfiriato, la persecución de los "vagos y malentretenidos" en los asentamientos urbanos o el despojo de ciertas tierras comunales de los pueblos en detrimento de los campesinos pobres comuneros en el siglo XIX.

El siglo XX revolucionario no está, ni de lejos, exento del mismo problema. La matanza de ciudadanos chinos en La Laguna, los centenares de cristeros fusilados o colgados en los 1920 y 1930, los campesinos explotados en nombre de la industrialización ineficiente y protegida a partir de los 1940, los sindicatos castrados a favor del presidencialismo y del capital. Y la otra cara de la moneda, la dureza contra los inconformes (los mineros de Nueva Rosita, por ejemplo), las expropiaciones de ejidos en beneficio de los especuladores urbanos, hasta desembocar en los grandes monopolios actuales en nombre de la necesidad de preservar a la gran empresa mexicana en el mundo de la globalización.

Colofón
Desde luego que México también está sentado en esfuerzos y sacrificios altruistas. Naturalmente que la nuestra no es la única estructura nacional donde parte de sus cimientos están amasados con una mezcla de insensibilidad ("crímenes son del tiempo, no de España") e inhumanidad -prácticamente todos los países tienen sus equivalentes-, pero el mal de muchos no debe ser un consuelo que impida reconocer las injusticias del cimiento histórico. Conocerlas y admitirlas es requisito para entender a cabalidad las divisiones y disputas actuales y, sobre todo, para proceder a rellenar el terreno minado con un reconocimiento abierto de los errores del pasado y con un cambio efectivo de políticas en el presente. Se dice fácil, pero aún estamos lejos de poder hacerlo.

jueves, marzo 15, 2007

...El amor, como la muerte

Hace algunos meses, me propusieron que escribiera el texto de entrada al catálogo del Festival de México en el Centro Histórico. Lo que entregué es el texto que van a leer a continuación. Al final mi ensayito ya no se publicó, por una de esas malas pasadas que de repente nos da el mundo; pero se los regalo aquí, con permiso del Festival, para invitarlos a conocer la programación y para compartirles algunas reflexiones sobre el arte de nuestro tiempo.

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...El amor, como la muerte
Rafael Mondragón

Dice Alfonso Reyes: “el hombre es un ser que habla del tiempo”. Leemos la voz muda y respondemos que sí, mudamente. Pasamos la mano sobre un viejo grabado: la primera pareja corre desnuda, perseguida por la espada de fuego del ángel; en una orilla, y casi sin ser visto, un esqueleto corre también al lado de ambos; trae en sus brazos un instrumento musical, el mismo con el que tocará, a partir de ese momento, la danza que durará todos los siglos, la danza que hermana a todos los hijos de la primera pareja, sean hombres o mujeres, ricos o pobres. Es la danza de la muerte y el inicio de la historia humana. El hombre es un ser que habla del tiempo, y en esa medida es también uno que habla de la muerte. “La vida humana es un río” dice, en su silencio, la estatua cansada de Marco Aurelio. Es el espejo donde nos contemplamos para descubrir nuestra fragilidad, nuestra belleza. Cargamos dentro de nosotros nuestra propia muerte, como huésped, que va creciendo mientras nosotros vivimos. Nos burlamos de ella en los cuentos populares donde el campesino inteligente la engaña y logra, dichoso, vivir para siempre; nos enseña a reír en las calaveras mexicanas y en las fiestas de Día de Muertos; contemplamos su risa desdentada en las danzas de la muerte europeas, donde la calaca nos enseña a reconocer nuestra finitud, a ser humildes y dejar de pecar; la encontramos, sorpresivamente, en un verso del Cantar de los cantares que por siglos le rompió el corazón a generaciones de intérpretes, judíos y cristianos: “porque es fuerte el amor, como la muerte”. No que el amor sea más fuerte de la muerte, sino que ambos tienen el mismo poder. ¿Por qué?

Y en ese enigma se congregan las voces y las tradiciones que nos enseñan a vivir la muerte propia y la del otro; y la muerte se convierte en metáfora para preguntar por el misterio gozoso que habita en el interior de nosotros: late como mariposa en los poemas místicos de John Donne y de Arseni Tarkovsky (¡y también en The Guests, de Leonard Cohen!), que retratan la entrada a una casa de luz donde todos comen como hermanos, bañados por una luz constante y rodeados de una música constante; es la puerta de la transfiguración en La Pasión según San Mateo, que se presentará en nuestro Festival en una espléndida puesta. En pocos momentos de la historia se ha atrevido una religión a mostrar la fragilidad del Dios omnipotente como en los relatos de la Pasión desarrollados magistralmente en los Evangelios: gracias a la encarnación, lo más frágil del ser humano queda redimido del pecado original; en Cristo, el cuerpo sufriente del hombre muestra su profunda naturaleza divina. Por eso, la Pasión ha inspirado, a lo largo de los siglos, una cantidad ingente de obras musicales, literarias y gráficas, pues en ella, como decía Lezama, se muestra toda una manera de imaginar y de vivir que sigue siendo la nuestra. Y a Lezama le gustaba explicar esto con una frase de Tertuliano: “Es creíble porque es increíble: el hijo de Dios murió. Es cierto porque es imposible: y después de muerto resucitó”. En estas frases hay encerrado algo mucho más importante que el mero dogma religioso, por lo menos en mi opinión: hay toda una manera de concebir al hombre, de imaginar la realidad; una ética y una erótica, y un arte de vida. Regresar, de cuando en cuando, a obras fundamentales como La Pasión según san Mateo, tiene que ver con la educación del espíritu en una manera de ver el mundo, de apreciar la belleza de la vida, y su fragilidad y dignidad… Un regreso renovado es el que hoy nos promete Martin Haselböck, ese extraordinario organista y director especializado en la ejecución “de época”, con sus instrumentos antiguos, su diferente afinación y tempo: un regreso, con ojos renovados, a cierta gran obra que expresa una metáfora fundamental de nuestra cultura: la de la muerte como transformación.

Es la misma metáfora que inspiró la música de La consagración de la Primavera, al principio un experimento de vanguardia que buscaba las raíces del alma rusa a través de un regreso a los orígenes (los ritos paganos donde el sacrificio voluntario de una mujer permiten el renacimiento de la vida); y hoy, en nuestro Festival, la excusa que permite a Tero Saarinen y Shen Wei hablar de la vida contemporánea e inquirir por las relaciones entre música, danza y pintura. Pero en ellos hay algo que ya los distingue de la gran obra de Bach: Stravinsky fue pionero de ese místico regreso a las tradiciones y vivencias olvidadas, “paganas”, que más tarde inspiraron el teatro de Artaud y las películas de Jodorowsky: aunque inequívocamente cristiana, la metáfora de La consagración de la Primavera hunde también sus raíces en una experiencia vital y orgánica, donde la muerte no tiene el gesto riguroso del siglo cristiano: aquí, por el contrario, el tiempo del mundo es cíclico, como el tiempo de las cosechas, y es necesario morir para que nazca la nueva vida (¡alegría!). Y es que el nuestro es un nuevo tiempo, más plural y más libre en su búsqueda del sentido. Las delicadas coreografías de Shen Wei y Teero Saarinen ahondan en ese camino abierto por la generación de Stravinsky: regresan al arte popular, a la estética de los medios masivos de comunicación, pero también acuden a la estética oriental y de tantos otros pueblos que, hasta hace relativamente poco (un siglo, más o menos), eran considerados ‘incapaces de hacer arte’. Pues el hombre es un ser que habla de la muerte en la medida que es un ser que habla del tiempo −nuestro tiempo−.

México y Suiza se dan la mano en un proyecto de intercambio artístico llamado Más allá del más acá. El espíritu de Stravinsky resuena en estos intrépidos proyectos donde el arte contemporáneo se da la mano con las tradiciones populares, tan distintas, de nuestros dos países, en un bosque de voces hoy reunidas alrededor del tema de la muerte. En Tante Hänsi, ópera de Mela Meierhans, el canto tirolés funerario se enhebra con proyecciones multimedia; en el centro, el testimonio estremecedor de una mujer que cuenta las tradiciones de su región alrededor de la muerte, con anécdotas aparentemente nimias sobre muertes de niños, velorios y abortos, todos los rostros de la muerte vivida en un pueblo pequeño que hoy conserva los pocos restos de una riquísima tradición suiza, casi olvidada por el fragor de la vida citadina y del capitalismo. Un mambo con la Catrina, de Cordelia Dvorak, explora la gozosa tradición mexicana del Día de Muertos de la mano de un José Guadalupe Posada que, huyendo de la muerte, llega hasta el México de hoy. En nuestro país hay un género literario llamado calavera donde, con motivo del Día de Muertos, hacemos versos satíricos sobre los poseedores de fama, riqueza y poder, súbitamente ridiculizados por la llegada de la Muerte, que a todos iguala. Un mambo con la Catrina está formado por “calaveras escénicas”, y elabora, a su propio modo, este encuentro artístico entre tradición y contemporaneidad. Finalmente, dos bandas campesinas, de México y Suiza, recorrerán nuestra ciudad en un concierto público a dos voces para interpretar juntos música fúnebre, y de bodas y fiestas, marchas y bailes.

La muerte es metáfora de nuestra vida: es el espejo que nos permite ver lo que de otra manera sería insoportable. Por primera vez viene hoy a México un grupo fuera de lo común: The Tiger Lillies, trío londinense que define su música como “cabaret punk brechtiano” (por Bertolt Brecht), y canta canciones amargas y dulces, llenas de profunda ironía, donde se narra la vida del Londres más profundo, el más incómodo: el de las prostitutas, ladrones y vendedores de droga, todo con un sentido del humor agudo que impide que caigamos en la conmiseración, y con una actitud misericordiosa que habría enorgullecido a Baudelaire (quien, por cierto, era profundamente cristiano). Este grupo, a quien les encanta burlarse de todo, ha tenido cuidado en decir que no quieren que se crea que ellos son inmorales: “tenemos un profundo respeto por el hombre”. Y es que la sátira, aun la más ácida, está siempre movida, en el fondo, por un sentido moral. Y en la última producción de Peter Brook, la muerte de un hombre se convierte en la oportunidad para hablar del racismo, del dominio del hombre por el hombre y la búsqueda de los oprimidos por re-crear su humanidad, su identidad. Hoy, el gran director franco-londinense nos trae Siszwe Banzi est mort, la obra que lo marcó cuando era joven: una obra escrita durante el apartheid y representada en las calles de Sudáfrica de manera ilegal; un diálogo entre dos negros muy pobres, un fotógrafo que busca reconstruir la memoria de momentos efímeros pero felices, y un joven que no ha conseguido trabajo y que, ante el hallazgo de un cadáver, se encuentra con la posibilidad de robar sus papeles para acceder al tan deseado trabajo… A costa de perder su nombre, la historia de sus padres, su lengua materna; en suma, su identidad. Siszwe Banzi est mort sigue resonando en el mundo de hoy. Peter Brook trabaja sobre este eco para darnos una versión viva, que recupera las técnicas del teatro clandestino sudafricano con la mirada puesta en nuestro presente tan doloroso.

“Porque es fuerte el amor, como la muerte”. Como el bosque de voces congregadas alrededor de aquella cita de Alfonso Reyes, las voces de este Festival hablan de la muerte porque hablan del tiempo: nuestro tiempo.

jueves, marzo 08, 2007

Un momento breve de pureza

Vengo, recién, de servir de contención para un loquito que estaba en el Metrobús. Yo me refugié en la ultimísima fila, en la orilla, para hacerme una madriguera donde leer el libro de Silvana y repasar mi tojolabal. El señor tenía un bigote despeinado y camisa morada. Sus ojos eran muy hermosos, y la luz se mostraba como entre el ramaje de su piel enrojecida, destrozada. Le pidió a una señora, al lado suyo, si le podía preguntar la hora. Ella le dijo que no tenía reloj, y entonces él comenzó a insultarla: decía que así son todas las viejas; uno les pregunta algo y de volada te hacen el feo, te ven por encima. Yo saqué mi celular para darle la hora, un poco molesto por no poder seguir en mi lectura. Él me dio las gracias y siguió insultando a las viejas en voz alta; por detrás de su hombro, veía la mirada de ella, temblorosa, con la cabeza agachada. Creo que por dentro me sentí impaciente, como si ella me contara su miedo y yo le dijera que no era la gran cosa, con esa soberbia que de repente tengo para juzgar lo que siento como debilidad. Le dije a él que probablemente ella no tuviera reloj, y él dijo que no, que todas son así, y entonces me levanté para sentarme entre ella y él. Sentí el olor penetrante del alcohol que él transpiraba. Volteé a verla a ella, y cuando me dijo "gracias" comprendí que de verdad estaba asustada, que no había por qué juzgarla. Entonces me dediqué a escucharlo a él, todo mi viaje, con esa escucha difusa que no mira demasiado, que responde tranquilamente, con monosílabos cuyo contenido es "sí" o "no", pero en realidad quieren decir "te estoy escuchando", "no hay nada de qué preocuparse". Él habló mucho. Regresaba una y otra vez a su mujer, que lo iba a cagar por haber llegado borracho; de que tenía ganas de irse, de morir una muerte lenta y tranquila... "Pero eso no se puede, ¿verdad?" repetía una y otra vez, como recordando algo que alguien le habrá dicho millones de veces. Y yo: "pues no"...

Si de mi baja lira
tanto pudiese el son que en un momento
aplacase la ira
del animoso viento
y la furia del mar y el movimiento
(Garcilaso, Canción V).

Recuerdo el tópico de la música que calma a los hombres y animales, la música que cura. Yo mismo soy un torpe, que jamás pudo tocar bien instrumentos musicales. La única, pequeña música que pude hacer fue la música de mi propia escucha.