jueves, noviembre 27, 2008

Vuelve Michelet, como el relámpago

Mujer en el Hotel de Ville, segundo día de la Comuna de París, 1871. Dibujo de Daniel Urrabieta Vierge. Disponible aquí.

Hablábamos hace poco de los acontecimientos editoriales del 2008. Por eso vale la pena darle la palabra a Fernando Savater, quien antier escribió lo que sigue: "Si ustedes me preguntan cuál es, a mi juicio, el acontecimiento editorial más importante de 2008, no tendré más remedio que hablarles de una obra magna que probablemente no hayan visto comentar en las páginas culturales ni los suplementos literarios. Se trata de la Historia de la revolución francesa de Jules Michelet, traducida por Vicente Blasco Ibáñez, que ha publicado la editorial Ikusager". Así es: la Historia de la revolución francesa vuelve a ser editada. La nueva versión, a cargo de Juan Manuel Ibeas, recupera la clásica traducción de Vicente Blasco Ibáñez, pero corrige sus muchos errores y -sobre todo- restaura los pasajes censurados en su primera edición (alrededor de 200 páginas, que incluyen la actuación de la Iglesia en la Contrarrevolución y las escenas más negras del Terror). Es la misma edición cuyas fotocopias algunos de nosotros guardamos con fervor; la misma, pero mejorada. También se recuperan las ilustraciones de Daniel Urrabieta Vierge (1851-1904), dibujante vasco que viajó a París, perdió el control de la mano derecha, y abandonó su apellido paterno para hacerse famoso como Daniel Vierge. Victor Hugo, gran amigo suyo, lo definió como "el padre de la ilustración moderna". Parece que fue el propio Michelet quien le pidió a Urrabieta ilustrar su libro; los dibujos aparecieron primero para la edición francesa de 1871, y acompañaron después la traducción de Blasco Ibáñez, publicada en 1899.

Ernesto Santolaya conoció a Michelet gracias a esas ilustraciones. Encontró la vieja edición en el desván de un amigo, hace 60 años. Se fue enamorando del libro gracias a las ilustraciones, y aprendió a leer poco a poco lo que el libro decía. Santolaya no sabía leer. Santolaya era hijo de los perdedores de la Guerra Civil (su padre estuvo durante mucho tiempo en la cárcel de Franco); tuvo que trabajar desde niño, y entró a la escuela hasta los 12 años. Cuenta, en una entrevista conmovedora, que
Al final, [Ernesto] fue a la escuela, pero sólo año y medio. "Se acabó cuando mi padre me preguntó qué había aprendido. Yo empecé a decir: 'A leer, sumar, restar y multiplicar, los 27 principios de la Falange, el rosario en latín,... Y en ese momento me dijo que no volviera más". Su madre, empeñada en que el niño estudiase para conseguir un trabajo en un banco, le llevó a las clases particulares de Antonio Paternina, un prohombre de Haro venido a menos, pero con una biblioteca magnífica.

"Áhí empezó mi verdadera afición por la lectura: pasé de Cuto a Dostoievsky. Pensaba que le robaba los libros a don Antonio, hasta que un día, 20 años después, me presentó a su mujer como el mozo al que el matrimonio le seleccionaba las lecturas por las noches para dejarle los mejores títulos cerca y que fuesen éstos los que yo cogiera".
Al final, Santolaya trabajó en los oficios más inverosímiles (pastor, vendedor de tractores, activista político), antes de fundar Ikusager, editorial independiente especializada en el cómic histórico, la novela policiaca y el ensayo libertario. La republicación de Michelet es la culminación de un sueño que costó cuatro años de preparación. Y, como dice Ángel Vivas, en El Mundo:
La nueva edición es también un colofón a la atípica carrera de Santolaya como editor, que empezó cuando tenía ya más de 40 años. Franco acababa de morir, y él, junto con su amigo el ilustrador Antonio Hernández Palacios, se propuso dignificar el cómic, publicando piezas históricas y realistas; algunos, sobre la Guerra Civil. Luego pasó a la literatura, y con el mismo espíritu vocacional que ha publicado la obra de Michelet, ha recuperado al raro Pierre Mac Orlan (con prólogo de Raymond Queneau), una biografía política de Willi Münzenberg, ese misterioso propagandista del comunismo, y al pensador libertario John Zerzan.
Su catálogo también es libertario, presidido por el criterio supremo del propio gusto, o por la inspiración, que, como dice Santolaya, no tiene nada que ver con el análisis de mercado. Con más voluntad que conocimientos académicos, Santolaya saca libros y autores que piensa que deben ser conocidos. «Hacer revivir a esos personajes perdidos en el olvido, como Urrabieta, me hace sentir partícipe de una Humanidad y me da una satisfacción muy íntima».

Así que la prosa tremenda de Michelet regresa al fin, como el relámpago; ojalá no se tarde mucho en llegar a México.

lunes, noviembre 24, 2008

Hernández comenta la nueva campaña de Televisa



Comenta Mariana Ozuna en su blog:
"¡¿Qué puedo decir?!, ¿que es increíble?, no, ningún cinismo es increíble ni perverso ya para Televisa..., atreverse a decir a este pueblo, que se ve obligado a ver su entretenimiento (si es que puede llamársele entretenimiento y no negocio a costa de la humillación), que haga lo que ha venido haciendo siempre: trabajar aún más de lo que se puede en las condiciones que nos garantiza nuestro gobierno, que se apriete el cinturón una vez más como lo ha venido haciendo generación tras generación de mexicanos..., indecente, inmoral, o mejor, aún felón es este comercial de Televisa. Si le interesara el pueblo que la ha convertido en una empresa multimillonaria haría mejor televisión, si le interesaran los efectos de la crisis ya no digo lo que haría, pero si siquiera tuviera algo de respeto por quienes trabajando, "partiéndose el alma" (que no el lomo) la hacen multimillonaria no sólo con beneplácito sino en contubernio gubernamental, entonces, si tuviera algo de respeto guardaría silencio.

"Aunque sea quizás que esos lomos y almas que se parten diariamente por todo el país y del otro lado de la frontera norte son tan importantes para su enriquecimiento, que lo mejor es enviar un mensaje, indecente sí, sin calidad moral también, pero necesario para mantenerse a salvo del miedo a que la gente deje por fin de trabajar bajo sus reglas y se decida a trabajar bajo las propias suyas. ¿Quién le tiene miedo a la crisis?, los que no han tenido nunca nada y sólo aspiran a la diaria supervivencia, los que tenemos algo que gastar y decidimos no gastarlo en ellos, o los que como ellos no sólo gozan de todo lo material, sino del poder sobre quienes gobiernan. ¿De qué tendrá miedo Televisa?, ¿de quiénes? Porque, como dice Jesús Silva-Herzog Márquez, "la crisis que encaramos no es de parcela, sino una crisis integral. La crisis de México no tiene apellido. México, no su estado, ni su economía, ni su política, ni su cultura. México está en crisis." Quietos todos, sin pánicos que permitan a los oprimidos mirarse. El miedo a no comer es irreal, el miedo ante el alza de precios en los supermercados es irreal, los empleos que mejor son contratos de esclavitud son irreales, no le creas a tu bolsillo, no le creas a tu cansacio diario... ¿qué se han creído estos?, ¿que al hambre se le puede engañar? Quizá lo creen, pues nunca la han sufrido, como todos los días se levantan tarde, y hacen lo que han venido haciendo en las últimas 3 décadas, enriquecerse más allá de nuestra pobre imaginación".

Ahora, una reflexión del maestro Hernández (cortesía de Flor, que me la pasó por correo):



lunes, noviembre 17, 2008

NO! - Taller de poesía, taller de intervención, poesía interactiva

"No a las respetables putas de la belleza / No a los distinguidos perros de la poesía / Nosotros hemos cantado a nuestra generación sin lograr despertarlos del miedo / Nosotros hemos jugado a ser palabra derramando a tiros el desenfado sobre las cabezas de los boquiabiertos que nunca imaginaron un arrebato como este para la poesía y para lo que se vive de ella / Hemos desvestido a las muñecas con fuego y voz propia / Hemos desasistido por ellos nuestra lógica y nuestro pudor / Porque cuando los dioses se quedan en silencio los desiertos de atacamas del mundo florecen hacia adentro de los ojos [...]".

Guitarra barroca y son jarocho

Chagall, Le paysage bleu.
Estas semanas he estado escuchando, y re-escuchando, un hermoso disco de Eloy Cruz y Enrique Barona (con "B"). El disco se llama Laberinto en la guitarra. El espíritu barroco del son jarocho. Los invito a oír lo que sigue: primero se interpreta Los Ympossibles, pieza de Santiago de Murcia (1862-1732); inmediatamente, La lloroncita:




Las décimas recitadas en el video son las siguientes:
¿Quién te quiere, quién te llama?
por tu bien o por tu mal;
¿quién te cortó de la rama
que no estás en mi rosal?

¡Ay, llorar, Llorona,
pero qué infelicidad!
ya me llevan, ya me traen
preso para la ciudad,
con grillos y con cadenas,
cautivo y sin libertad.

Para qué quiero yo cama,
cortinas y pabellones
si no me dejan dormir
muchas imaginaciones,
para qué quiero yo cama,
cortinas y pabellones.

¡Ay de mí, Llorona!,
mi alma, déjame llorar.
¡Ay, llorar, Llorona!,
mi alma, déjame llorar.
que la causa de mi llanto
es que nunca supe amar,
y por eso lloro y canto.

Al final, los músicos rematan con un estribillo que proviene de la obra poética amorosa de fray Joseph Ignacio Troncoso (1795):
No lloren, ojos hermosos,
no lloren que se hacen mal,
y es lástima que dos soles
queden turbios por llorar.
No lloren, ojos hermosos,
no lloren que se hacen mal.

Una de Nayeli García

Desde hace algunos meses sigo, silenciosamente, el blog de Nayeli García. Comparto con ustedes el texto que más me ha gustado de entre los que le he ido leyendo:
El jueves es día de escribir
Ella me pregunta que si el tiempo pasa, que si los minutos, que si... yo sólo tomo sus manitas y le repito que esas preguntas no son para alguien como ella, que sus ojos se ven lindos cuando piensa en aves, en plantas, en esas cosas que desde niña llenaba de color en sus libros de dibujo. Le repito que no está lista para cuestionarse temas sobre el tiempo y el espacio, que eso está allí para quienes nos hemos olvidado de desenredar nuestro cabello, de comer a buena hora, de no fumar; le susurro que es una princesa y que debe dejar esos temas para cuando despierte.

¿Cómo se inventó el pueblo judío?

Moisés según Chagall.

Una de las revelaciones editoriales de este año es la aparición de Cuándo y cómo se inventó el pueblo judío, de Schlomo Sand, catedrático de Historia Europea en la Universidad de Tel Aviv. El libro lleva ya 19 semanas en la lista de libros más vendidos en Israel, y la edición francesa, publicada en septiembre, lleva ya tres reimpresiones. Lo que sigue es un pequeño anticipo del libro, y fue publicado en la última edición de Le Monde:
Cómo se inventó el pueblo judío
por Shlomo Sand

¿Los judíos conforman un pueblo? Un historiador israelí aporta una respuesta nueva a esta pregunta antigua. Contrariamente a la idea recibida, la diáspora no fue el resultado de la expulsión de los hebreos de Palestina, sino de las conversiones sucesivas en África del Norte, en Europa del Sur y en Medio Oriente. Esto estremece uno de los fundamentos del pensamiento sionista, el que pregona que los judíos fueron descendientes del reino de David y no –¡Dios no lo permita!– los herederos de guerreros bereberes o de caballeros jázaros.

Todo israelí sabe, sin sombra de duda, que el pueblo judío existe desde que recibió la Torá (1) en el Sinaí, y que es su descendiente directo y exclusivo. Está convencido de que este pueblo, que partió de Egipto, se estableció en la “tierra prometida”, donde se construyó el glorioso reino de David y Salomón, dividido luego en Judea e Israel. Del mismo modo, nadie ignora que vivió el exilio en dos oportunidades: tras la destrucción del Primer Templo, en el siglo VI a. C., y la del Segundo Templo en el año 70 d. C.

Siguió luego una errancia de alrededor de dos mil años: sus tribulaciones lo condujeron a Yemen, Marruecos, España, Alemania, Polonia y hasta lo más recóndito de Rusia, pero siempre logró preservar los lazos de sangre entre sus comunidades alejadas. Así, su unicidad no se vio alterada. A fines del siglo XIX, maduraron las condiciones para su retorno a la antigua patria. Sin el genocidio nazi, millones de judíos habrían naturalmente repoblado Eretz Israel (la tierra de Israel), algo con lo que soñaban desde hacía veinte siglos.

Virgen, Palestina esperaba que su pueblo original volviera para hacerla reflorecer. Ya que ésta le pertenecía, y no a esa minoría, desprovista de historia, que había llegado allí por azar. Justas eran pues las guerras libradas por el pueblo errante para retomar la posesión de su tierra; y criminal la violenta oposición de la población local.

¿De dónde viene esta interpretación de la historia judía? Es obra, desde la segunda mitad del siglo XIX, de talentosos reconstructores del pasado, cuya imaginación fértil inventó, en base a fragmentos de memoria religiosa, judía y cristiana, un encadenamiento genealógico continuo para el pueblo judío. La abundante historiografía del judaísmo incluye, desde luego, múltiples enfoques. Pero las polémicas en su seno nunca cuestionaron las concepciones esencialistas elaboradas a fines del siglo XIX y comienzos del XX.

Historiadores autorizados

Cuando aparecían descubrimientos susceptibles de contradecir la imagen del pasado lineal, éstos casi no tenían repercusión alguna. El imperativo nacional, como una mandíbula fuertemente cerrada, bloqueaba toda clase de contradicción y desvío con respecto al relato dominante. Las instancias específicas de producción del conocimiento sobre el pasado judío –los departamentos exclusivamente consagrados a la “historia del pueblo judío”, totalmente separados de los departamentos de historia (llamada en Israel “historia general”)– contribuyeron ampliamente a esta curiosa hemiplejia. Incluso el debate, de carácter jurídico, sobre “¿Quién es judío?” no les interesó a estos historiadores: para ellos, es judío todo descendiente del pueblo obligado al exilio hace dos mil años.

Estos investigadores “autorizados” del pasado tampoco participaron de la controversia de los “nuevos historiadores”, iniciada a fines de los años ’80. La mayoría de los escasos actores de este debate público provenía de otras disciplinas o bien de horizontes extra-académicos: sociólogos, orientalistas, lingüistas, geógrafos, especialistas en ciencias políticas, investigadores en literatura y arqueólogos formularon nuevas reflexiones sobre el pasado judío y sionista. También integraban sus filas académicos provenientes del exterior. Los “departamentos de historia judía” sólo lograron, en cambio, temerosas y conservadoras repercusiones, disfrazadas de una retórica apologética basada en ideas recibidas.

En síntesis, en sesenta años, la historia nacional maduró muy poco, y seguramente no evolucione en el corto plazo. Sin embargo, los hechos actualizados por las investigaciones plantean a priori a todo historiador honesto asombrosos interrogantes, que son sin embargo fundamentales.

¿Puede considerarse la Biblia un libro de historia? Los primeros historiadores judíos modernos, como Isaak Marcus Jost o Leopold Zunz, en la primera mitad del siglo XIX, no la consideraban así: a sus ojos, el Antiguo Testamento se presentaba como un libro de teología constitutivo de las comunidades religiosas judías tras la destrucción del Primer Templo. Hubo que esperar hasta la segunda mitad del mismo siglo para encontrar a historiadores, en primer lugar Heinrich Graetz, portadores de una visión “nacional” de la Biblia: transformaron la partida de Abraham a Canaán, la salida de Egipto o incluso el reino unificado de David y Salomón en relatos de un pasado auténticamente nacional. Desde entonces, los historiadores sionistas no dejaron de reiterar estas “verdades bíblicas”, convertidas en alimento cotidiano de la educación nacional.

Pero hete aquí que en los años ’80 la tierra tiembla, haciendo tambalear estos mitos fundacionales. Los descubrimientos de la nueva arqueología contradicen la posibilidad de un gran éxodo en el siglo XIII antes de nuestra era. Del mismo modo, Moisés no pudo liberar a los hebreos de Egipto y conducirlos hacia la “tierra prometida”, por la sencilla razón de que en esa época... estaba en manos de los egipcios. Además, no se observa ninguna huella de una revuelta de esclavos en el reinado de los faraones, ni de una conquista rápida del país de Canaán por parte de un elemento extranjero.

Tampoco existe signo o recuerdo del suntuoso reino de David y Salomón. Los descubrimientos de la década transcurrida muestran la existencia, en esa época, de dos pequeños reinos: Israel, el más poderoso, y Judea. Los habitantes de esta última tampoco sufrieron el exilio en el siglo VI antes de nuestra era: sólo sus elites políticas e intelectuales debieron instalarse en Babilonia. De este encuentro decisivo con los cultos persas nació el monoteísmo judío.

En cuanto al exilio del año 70 de nuestra era, ¿se produjo efectivamente? Paradójicamente, este “hecho fundacional” en la historia de los judíos, que origina la “diáspora”, no dio lugar a la menor obra de investigación. Y por una razón muy prosaica: los romanos nunca expulsaron a ningún pueblo en la región oriental del Mediterráneo. Salvo los prisioneros reducidos a la esclavitud, los habitantes de Judea siguieron viviendo en sus tierras, incluso tras la destrucción del Segundo Templo.

Una parte de ellos se convirtió al cristianismo en el siglo IV, mientras que la gran mayoría se sumó al islam durante la conquista árabe en el siglo VII. La mayoría de los pensadores sionistas no lo ignoraban: así, Isaac Ben Zvi, futuro presidente del Estado de Israel, al igual que David Ben Gurión, fundador del Estado, lo escribieron hasta 1929, año de la gran revuelta palestina. Ambos mencionan reiteradas veces el hecho de que los campesinos de Palestina son los descendientes de los habitantes de la antigua Judea (2).

A falta de un exilio desde la Palestina romanizada, ¿de dónde vienen los numerosos judíos que pueblan el Mediterráneo desde la Antigüedad? Detrás de la cortina de la historiografía nacional se esconde una sorprendente realidad histórica. De la revuelta de los macabeos en el siglo II antes de nuestra era, a la revuelta de Bar Kojba en el siglo II después de Cristo, el judaísmo fue la primera religión proselitista. Los asmoneos ya habían convertido a la fuerza a los idumeos del sur de Judea y los itureos de Galilea, anexados al “pueblo de Israel”. Partiendo de este reino judeo-helenista, el judaísmo se propagó en todo Medio Oriente y en el Mediterráneo. En el primer siglo de nuestra era surgió, en el actual Kurdistán, el reino judío de Adiabeno que, fuera de Judea, no fue el último reino en “judaizarse”: otros lo hicieron más tarde.

Los escritos de Flavio Josefo no son el único testimonio del ardor proselitista de los judíos. De Horacio a Séneca, de Juvenal a Tácito, muchos escritores latinos expresaron sus temores. La Mishná y el Talmud (3) autorizan esta práctica de la conversión, aun cuando, frente a la creciente presión del cristianismo, los sabios de la tradición talmúdica expresaran reservas al respecto.

“Judeización”

La victoria de la religión de Jesús, a comienzos del siglo IV, no puso fin a la expansión del judaísmo, sino que empujó el proselitismo judío a los márgenes del mundo cultural cristiano. En el siglo V apareció así, en el actual territorio de Yemen, un reino judío vigoroso con el nombre de Himyar, cuyos descendientes conservaron su fe tras la victoria del islam y hasta los tiempos modernos. Del mismo modo, los cronistas árabes dan cuenta de la existencia, en el siglo VII, de tribus bereberes judaizadas: frente al avance árabe, que alcanza África del Norte a fines de ese mismo siglo, aparece la figura legendaria de la reina judía Dihya-el-Kahina, quien intentó frenarlo. Bereberes judaizados participaron de la conquista de la casi isla ibérica, y establecieron allí los fundamentos de la particular simbiosis entre judíos y musulmanes, característica de la cultura hispano-árabe.

La conversión masiva más significativa se produjo entre el mar Negro y el mar Caspio: comprendió al inmenso reino jázaro en el siglo VIII. La expansión del judaísmo del Cáucaso a la Ucrania actual engendró múltiples comunidades, que las invasiones de los mongoles del siglo XIII rechazaron en gran medida hacia el este de Europa. Allí, con los judíos provenientes de las regiones eslavas del sur y de los actuales territorios alemanes, sentaron las bases de la gran cultura yidish (4).
Estos relatos de los orígenes múltiples de los judíos figuran, de manera más o menos imprecisa, en la historiografía sionista hasta los años ’60: progresivamente irán siendo dejados de lado antes de desaparecer totalmente de la memoria pública en Israel. Los conquistadores de la ciudad de David, en 1967, debían ser los descendientes de su reino mítico y no –¡Dios no lo permita!– los herederos de guerreros bereberes o de jinetes jázaros. Los judíos aparecen entonces como un “etnos” específico que, después de dos mil años de exilio y errancia, terminó volviendo a Jerusalén, su capital.

Los defensores de este relato lineal e indivisible no sólo recurren a la enseñanza de la historia: convocan también a la biología. Desde los años ’70, en Israel, una serie de investigaciones “científicas” se esfuerza por demostrar, por todos los medios, la proximidad genética de los judíos del mundo entero. La “investigación sobre los orígenes de las poblaciones” representa actualmente un campo legitimado y popular de la biología molecular, mientras que el cromosoma Y masculino ocupa un lugar de honor junto con una Clío (5) judía en la búsqueda desenfrenada de la unicidad de origen del “pueblo elegido”.

Esta concepción histórica constituye la base de la política identitaria del Estado de Israel, ¡y ése es su punto débil! En efecto, da lugar a una definición esencialista y etnocentrista del judaísmo, alimentando una segregación que separa a los judíos de los no judíos, tanto árabes como rusos o trabajadores inmigrantes.

Israel, sesenta años después de su fundación, se niega a considerarse una república que existe para sus ciudadanos. Aproximadamente el 25% de ellos no son considerados judíos y, según el espíritu de sus leyes, este Estado no les pertenece. En cambio, Israel se presenta siempre como el Estado de los judíos del mundo entero, aunque ya no se trate de refugiados perseguidos, sino de ciudadanos de pleno derecho que viven en plena igualdad en los países donde habitan. Dicho de otro modo, una etnocracia sin fronteras justifica la severa discriminación que practica con una parte de sus ciudadanos invocando el mito de la nación eterna, reconstruida para reunirse en la “tierra de sus ancestros”.

Escribir una nueva historia judía, más allá del prisma sionista, no es algo fácil. La luz que lo atraviesa se transforma en colores etnocentristas intensos. Ahora bien, los judíos siempre formaron comunidades religiosas constituidas, la mayoría de las veces por conversión, en diversas regiones del mundo: éstas no representan pues un “etnos” portador de un mismo origen único y que se habría desplazado a lo largo de una errancia de veinte siglos.

Tal como se sabe, el desarrollo de toda historiografía, al igual que el proceso de la modernidad, pasa por la invención de la nación. Ésta ocupó a millones de seres humanos en el siglo XIX y durante una parte del XX. El fin de este último vio cómo estos sueños comenzaban a desmoronarse. Un creciente número de investigadores analizan, disecan y deconstruyen los grandes relatos nacionales, y especialmente los mitos de origen común tan apreciados por los cronistas del pasado. Las pesadillas identitarias de ayer darán lugar, mañana, a otros sueños de identidad. Como toda personalidad hecha de identidades fluidas y variadas, la historia es, también, una identidad en movimiento.

REFERENCIAS

(1) Texto fundador del judaísmo, la Torá –la raíz hebraica yara significa enseñar– se compone de los cinco primeros libros de la Biblia, o Pentateuco: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.

(2) David Ben Gurión e Isaac Ben Zvi, Eretz Israel en el pasado y en el presente (1918, en yidish), Jerusalén, 1980 (en hebreo); Ben Zvi, Nuestra población en el país (en hebreo), Varsovia, Comité Ejecutivo de la Unión de la Juventud y Fondo Nacional Judío, 1929.

(3) La Mishná, considerada la primera obra de literatura rabínica, fue concluida en el siglo II de nuestra era. El Talmud sintetiza el conjunto de los debates rabínicos en torno a la ley, las costumbres y la historia de los judíos. Hay dos Talmud: el de Palestina, escrito entre los siglos III y IV, el de Babilonia, terminado a fines del siglo V.

(4) Hablado por los judíos de Europa Oriental, el yidish es una lengua eslavo-alemana que contiene palabras de origen hebreo.

(5) En la mitología griega, Clío era la musa de la historia.

viernes, noviembre 07, 2008

Coplas con falsete



Tere Barrera, a quien tengo el orgullo de conocer, me enseñó la semana pasada ésta, que es su primera animación. ¿A poco no es una chingona?

sábado, noviembre 01, 2008

Gramsci contra los marxistas

Estudiar a Gramsci mientras se escucha a Rubén Blades produce una experiencia interesante:







"Puede llamarse 'bizantinismo' o 'escolasticismo' la tendencia degenerativa a tratar las cuestiones llamadas teóricas como si tuvieran valor por sí mismas, independientemente de toda práctica determinada. Un ejemplo típico de bizanti[ni]smo son las llamadas tesis de Roma, en las cuales se aplica a las cuestiones el método matemático, como en la economía pura. Se plantea la cuestión de si una verdad teórica descubierta en correspondencia con una determinada práctica puede generalizarse y considerarse universal en una época histórica. La prueba de su universalidad consiste precisamente en que esa verdad se convierta: 1) en un estímulo para conocer mejor la realidad de hecho en un ambiente distinto de aquel en el cual se descubrió, y en esto estriba su primer grado de fecundidad; 2) una vez estimulada y ayudada esa mejor comprensión de la realidad de hecho, en incorporarse a esta realidad como si fuera expresión suya originaria. En esta incorporación estriba la universalidad concreta de aquella verdad y no meramente en su coherencia lógica y formal, o en el hecho de ser un instrumento polémico útil para confundir al adversario. En suma: ha de estar siempre vigente el principio de que las ideas no nacen de otras ideas, que las filosofías no engendran otras filosofías, sino que son expresión siempre renovada del desarrollo histórico real. La unidad de la historia, lo que los idealistas llaman la unidad del espíritu, no es un presupuesto, sino un continuo hacerse progresivo. La igualdad de realidad fáctica determina identidad de pensamiento, y no al revés. De ello se infiere, además, que toda verdad, aun siendo universal y aun pudiendo expresarse en una fórmula abstracta, de tipo matemático (para la tribu de los teóricos), debe su eficacia al hecho de expresarse en los lenguajes de las situaciones concretas particulares: si no es expresable en lenguas particulares, entonces es una expresión bizantina y escolástica, útil a lo sumo para solaz de los remasticadores de frases".
Antología, ed. M. Sacristán, México, SigloXXI, 1970, pp. 354-355.