domingo, junio 04, 2017

Mariátegui y los niños

"Le gustaba trabajar rodeado de sus hijos; jamás lo vi enojarse porque los chicos se le subían a la silla de ruedas mientras él trabajaba, incluso podía seguir escribiendo con uno de ellos trepado a su espalda. No, nunca se molestó porque se subieran a su espalda". 

Testimonio de Ana Chiappe, esposa de Mariátegui, en Servais Thiessen, Mariátegui. La aventura del hombre nuevo, Lima, Horizonte, 2017, p. 320. 

viernes, junio 17, 2016

Una historia de Guatemala

Ayer recibí por correo dos libros de Carlos Martín Beristain. Afirmación y resistencia es un manual dirigido a organizaciones sociales, movimientos populares y comunidades que acompañan a víctimas en procesos de lucha por la justicia y la verdad. Sueño con poder hacer una edición mexicana de este libro en el proyecto editorial que estamos incubando en nuestro seminario. Historias de andares es un pequeño conjunto de ficciones que recopilan voces y anécdotas de las personas de América Latina con quienes Beristain ha trabajado a lo largo de su vida. Es un libro sobre lo que significa escuchar. Escuchar el dolor, lo terrible, y también el cariño y la fuerza.

Ayer, respondiendo al enorme regalo que nos hizo Shantí al leer la carta que escribió a su hermana, leí este texto, que viene de Guatemala:


En la plenitud de sus 27 años Mayra se quedó sola. Pasado el tiempo, después de mucho tiempo, se enamoró de nuevo pero no podía.
-Cómo voy a tener otro marido si estoy casada. Nació la primera niña, luego el segundo, luego el tercero de sus hijos...
-¿Y si aparece Juan?
La desaparición forzada te trunca hasta la posibilidad de tener estatus legal. En el código penal lo llamarían "bigamia", pero aun así, ella no pudo casarse. Lo hicieron después de la aparición del Diario Militar. Casi veinte años juntos, pero aún recuerda su primer amor, aunque la ley se empeñase en que fuera su gran problema.
La última vez que soñó con él le dijo: todo está bien.
Y añadió: me haces falta.
-Y yo le dije: también tú.
Carlos Martín Beristain, Historia de andares, Madrid, Libros de La Catarata, 2012, p. 193.

sábado, mayo 07, 2016

Kropotkin: su memoria de la infancia

Kropotkin por Nadar, retocado por mí.
En el último tiempo me interesan las maneras en que la gente que lucha recuerda su infancia, busca en ella maneras de explicar sus decisiones posteriores: los juegos infantiles de los hermanos Reclus, que corrían hasta arriba de la montaña por las noches, y se ponían apodos, nombres de constelaciones, mientras miraban las estrellas acostados en el suelo... Y también la infancia de Kropotkin: ¡cuántas páginas dedicadas a lo que significó para él ser niño! En las Memorias de un revolucionario, las anécdotas de la lucha social ocupan relativamente poco espacio: casi todo es preparación, camino, descubrimiento de una capacidad para la lucha. Y buena parte de ese descubrimiento está en la memoria de la infancia.

Apenas llevo las primeras ochenta páginas de ese libro que tiene más de seiscientas. En ellas, el descubrimiento de esa potencia está ligada a lo que Kropotkin asume como su primer recuerdo: la muerte de su madre. Ella ha preparado la muerte para que sea una especie de celebración, con una mesa llena de cosas ricas para comer. Los niños comen al lado de la cama de ella. Kropotkin no tiene otros recuerdos de su convivencia con la madre, pero sí tiene una conciencia muy clara de su falta. Ella se prolonga en toda su infancia porque su madre era una mujer cuidadosa y compasiva, muy amada por sus siervos. Él recuerda cómo los campesinos lo detienen en el camino preguntándole si él será tan bueno como lo fue ella. Cómo todos los pobres que viven en la casa lo cuidan "en memoria de ella", y cómo de allí nace un espacio afectivo de cuidado que permiten que él y su hermano sobrevivan a la casa de su padre, que no es -como el padre de Bakunin- un hombre autoritario y violento, pero sí un hombre vulgar, que parece inspirarle asco al niño. El mejor contrapunto a la vulgaridad de su padre está en el descubrimiento por parte del niño de los papeles que su madre guardaba en secreto en la alacena: poemas prohibidos por el zar que han sido transcritos con amor por ella, acuarelas, fragmentos de un diario, obras de teatro... Hay algo en esos recuerdos del viejo revolucionario en que se liga el amor con el duelo, el arte y el deseo de desobedecer.

La enseñanza de la desobediencia, figurada ejemplarmente en la escritura silenciosa en que su madre construyó un mundo interior, reaparece poco después cuando Kropotkin describe los espacios de celebración que él comienza a compartir con sus criados. Ellos organizan los domingos reuniones en donde se baila libremente y se canta y los niños participan del secreto de esas reuniones, desconocidas para el amo de la casa. Un día a Kropotkin se le cae una lámpara muy cara y valiosa. Los criados celebran un "cónclave" solemne para decidir qué se debe hacer: se decide que a la mañana siguiente, muy temprano, el más valioso de los criados viajará a la ciudad para comprar una lámpara exactamente igual, con peligro de ser descubierto por el amo, y que todos los criados darán dinero para comprar la lámpara: 15 rublos, que es una fortuna para todos. Añade Kropotkin que "nunca más se volvió a hablar del asunto". Y repite una y otra vez que no sabe qué habría sido de él y de su hermano si toda esa gente no hubiera estado allí a lo largo de ese tiempo para ofrecerles su amor. Estos son los primeros espacios de conspiración de una persona que a lo largo de su vida no dejaría de participar de sociedades secretas y conspiraciones.

Hay una imagen especialmente hermosa, cuando los campesinos que han viajado desde lejos se presentan ante él en secreto. "¿Estáis solo? [...] Entonces venid pronto al salón. Los campesinos quieren veros; traen alguna razón de vuestra nodriza".
Cuando bajaba allí, uno de ellos me había de dar un bultito, conteniendo comúnmente algunas tortas de centeno, media docena de huevos duros y algunas manzanas, envuelto todo en un pañuelo de algodón de vivos colores. "Tomad eso; vuestra nodriza Vasilina es quien os lo manda. Mirad si se han helado las manzanas; espero que no; las he traído todo el camino en el pecho. Hemos tenido espantosas heladas". Y en el ancho y fresco rostro, rodeado de una barba espesa, se dibujaba una sonrisa, mostrando dos hileras de hermosos dientes blancos a través de un verdadero bosque de pelo
-Y esto es para vuestro hermano de parte de su nodriza Unna -solía decir otro del grupo, dándome otro envoltorio semejante-. Ella dice -agregaba-: nunca tendrá bastante en la escuela. 
Yo, avergonzado, y no sabiendo qué decir, acababa por murmurar: "Decid a Vaselina que le envío un beso, y a Unna otro por mi hermano", lo que todos escuchaban con alegría. 
-Lo haré así, perded cuidado. 
Entonces Hirila, que había estado al acecho vigilando la puerta del despacho, venía a decir a media voz:
-Marchaos corriendo arriba; vuestro padre puede venir de un momento a otro. No olvidéis los pañuelos: quieren llevarlos de vuelta. 
Mientras que los doblaba con cuidado, pensaba en mandarles alguna cosa; pero no tenía nada, ni aun juguetes y jamás disponíamos de dinero de ninguna clase.

A través de esos pequeños gestos, el niño construye simbólicamente su relación con Vaselina, la nodriza que lo cuidó como a un hijo después de la muerte de su madre y que fue expulsada de la casa familiar una vez que su padre se casó con una nueva mujer. El niño también construye una relación con el mundo de su madre, que es el mundo del arte y el cariño, a través de esos seres extraños y hermosos, de hermosos dientes blancos que brillan a través de un bosque de pelo. Ellos ofrecen regalos que crean en el niño el deseo de responder. Una y otra vez Kropotkin dice que no se siente con la capacidad de responder como le gustaría: así, el deseo de responder queda sin satisfacerse y se vuelve una fuerza orientadora a lo largo de su vida.

Los siervos de Kropotkin están cumpliendo un mandato que les dejó su madre: cuidar al niño, hacerlo bailar, mandarle manzanas y tortas de centeno, protegerlo de las lámparas rotas... A su vez, Kropotkin recibe un mandato de su madre a través de ese cuidado: en los años siguientes se dedicará a acompañar las luchas de esa gente que se ha convertido en su familia, cuyo rostro reconocerá en los países más disímiles y las lenguas más diversas.

viernes, abril 01, 2016

Eliseo Reclus y el descubrimiento de la libertad interior

Estos fragmentos de una carta del joven Eliseo Reclus a su madre, en abril de 1851, testimonian su paso del protestantismo al anarquismo, su descubrimiento de la libertad en el corazón del hombre y el enigmático asentimiento de Dios al inicio de una época en donde la alabanza al Absoluto será vivida en la forma de práctica cotidiana de la libertad interior:  

Es preciso que me explicara muy mal en mis cartas precedentes para que hayas creído ver en mí la resolución de convertirme en pastor; he hablado, en verdad, de continuar estudiando, en chapurrear ciencias, pero no es, querida madre, para consagrarme al santo sacerdocio [...]. No puedo concebir cómo los profesores reunidos, cómo los mismos fieles, puedan conferirme el derecho de predicar el Evangelio, y no aceptaría ninguna especie de consagración, sea cual fuere, porque no veo en todo eso más que un papismo disfrazado e incoherente.

Para mí, que acepto la teoría de la libertad en todo y por todo, ¿cómo podría admitir jamás la dominación del hombre en un corazón que pertenece únicamente a Dios? [...]. Creo que ha llegado el día en que deben ser abatidos de sus sitiales todos aquellos que se han erigido por sobre los demás como amos y profetas; el mejor medio de evangelizar ya no consiste en revestirse de diplomas y subirse a taburetes privilegiados, sino en abrir muy amplio y bondadosamente su corazón frente a los amigos, griego entre los griegos, aldeano entre los aldeanos, pagano entre los paganos, a la manera de San Pablo que del altar del Dios desconocido condujo a los atenienses al Dios que conocemos.

 Tiempos vendrán en que cada hombre será su propio rey y su propio pastor, en que cada cual ofrecerá incienso a Dios en el propio templo de su corazón y de su alma [...]. No habrá quien gobierne o conduzca a sus semejantes, pero cada cual coaccionará sobre su prójimo y predicará la verdad que sienta o que crea.   ¿Pero cómo lograr ese porvenir si no lo realizamos en nosotros mismos, si no contentos con rehuir todo rey o pastor, no protestamos contra toda idea interior que tienda a convertirnos a nosotros mismos en aquello de que blasfemamos?

Eliseo Reclus, Correspondencia [De 1850 a 1905], 
selección de Luce Fabbri, traducción del francés por Horacio  E. Roqué, 
Buenos Aires, Ediciones Imán, 1942.

viernes, noviembre 07, 2014

El miedo y el terror que nos abraza a todos

Ayer di un taller junto a Javier Cuétara Priede, coordinador del Colegio de Letras Hispánicas, en el Paro Activo de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Su tema era "Miedo, terror y parálisis social. ¿Cómo hacemos para des-aterrorizarnos?", y formó parte de la jornada Acción Global por Ayotzinapa.

Las dos horas del taller fueron insuficientes para todo lo que queríamos decirnos, pero muy buenas para nosotros, porque nos permitieron conocernos, romper los prejuicios y barreras e iniciar un proceso de reflexión y construcción de comunidad que, esperamos, pueda tener frutos en el futuro.

Quiero compartir aquí algunos materiales y lecturas que utilizamos en el taller:

  1. El texto base que trabajamos es el cuaderno sobre miedo y terror en la subjetividad de la serie Pensar en voz alta del PICaSo. Sólo trabajamos con algunos fragmentos, pero nos quedamos en lo mero mero, cuando Silvia Bleichmar hace sus primeras elaboraciones fuertes. Los invito a todos a que sigamos leyendo. 
  2. Íbamos a trabajar más textos, pero -dado el tamaño enorme de nuestro grupo- al final sólo trabajamos con uno. Pero ofrezco los demás aquí. El más importante era El miedo a la libertad de Erich Fromm, del que había extractado el fragmento del capítulo V que habla sobre la personalidad autoritaria. Si le entran al texto, les sugiero que lean pedacitos del capítulo I también, así van a entenderlo mejor. 

Muchos de los textos que trabajamos han sido difundidos antes por Twitter, vía la etiqueta #bibliotuit.  También han sido trabajados en el círculo de lectura "Persona y sociedad" que sesiona todos los miércoles de 5 a 7 en la Biblioteca Vasconcelos (junto a metro Buenavista). 

Para los que tengan ganas de seguir reflexionando en una segunda sesión de taller, nos podemos poner de acuerdo por este medio. 

También los invito a proponer otras lecturas que pudieran ayudarnos a pensar este tema. 

Saludos. 

domingo, junio 22, 2014

Algunas notas



Ha venido la palabra del amor en esta noche,
ha sido Dios creciendo desde el árbol del mundo
que nace entre nuestros cuerpos enlazados.
Entre las ramas del árbol que ha crecido
brilla, fecunda, la luz del sol.

***

Ahora caminaré por las aceras, empapado de rocío,
tendré silencio y tocaré las piedras, como un niño;
y en la soledad de los jardines observaré a las aves.

En el lago

Por Ernesto Cardenal

El cielo negrísimo con todas sus estrellas
y yo mirándolas en medio lago desde una vieja lancha
    -la "María Danelia"-
acostado en la popa sobre unos sacos de arroz.
Vengo de ser interrogado por la Corte Militar
y pienso en los inmensos mundos sobre nosotros
   una sola galaxia
      (si la tierra fuera como un grano de arroz
      la galaxia sería como la órbita de Júpiter)
Y pienso en el compañero "Modesto" en la montaña;
de origen campesino; no se sabe su nombre.
Luchan por cumplir nuestro destino en la galaxia.
Y en los campesinos colgados de las muñecas
   arrastrados de los huevos.
Un niño de 8 años degollado, dicen los capuchinos.
Los prisioneros metidos en letrinas comunales
unos sobre otros, mujeres, niños, ancianos.
      Y estos luminosos mundos.
la sociedad de las estrellas
         en torno a nosotros.
El Reino de los Cielos irradiando años-luz
   ("...Que os fue preparado desde el principio del mundo")
Desde que el gas primordial
salió de los negros y fríos espacios inter-estelares
   y concentrándose
fue haciéndose más caliente y más brillante.
            más caliente y más brillante.
¿Acaso volveremos a los espacios inter-estelares?
                                                            Y la vida
¿no será tan característica del universo
como la luz?
         ¡Tan lejos en el espacio-tiempo!:
      Mundos que nos llegan sólo como luz.
Pero la luz no toda la vemos. En el arco-iris
tras el violeta está invisible el ultra-violeta
   Y está otro ultra tras el ultra-violeta
      ya es la zona del amor.
Miro desde la "María Danelia" y el agua oscura de Nicaragua
   el universo de la luz. La curvatura
de luz. Como volar de noche sobre Nueva York.
O mejor decir:
      las estrellas de la galaxia cogidas de la mano
      como un coro de danzantes alrededor de una hoguera
            y Pitágoras oyó las maracas.
Pero el centro de la Vía Láctea no es una estrella mayor
sino una concentración de estrellas
            (allá por la constelación de Sagitario)
Son como 1,000 mundos los que yo miro
pero los astrónomos pueden ver como 1 billón.
      'amar la evolución'
En Cuba escuelas policlínicas, círculos infantiles
proliferaban como hongos después de la lluvia.
La gravedad no es sino la curvatura del universo
      esto es, su anhelo de unión.
   Tenemos un centro común y está adelante.
Muchos están presos, otros clandestinos.
A los campesinos los lanzan desde los helicópteros.
         Dar la vida es entregarse al futuro.
Para ser un solo cuerpo con un solo entendimiento
y queriendo lo mismo todos juntos.
Dijo el presidente de la Crote:
         '¿Tiene usted sabido que luchan por los pobres?
               conteste sí o no'
Para cambiarse en algo más grande que uno.
Todo es movimiento: galaxia, sistema solar, planeta
con "María Danelia" la vieja lancha de los Lorío
   todo navegando por el espacio-tiempo.
         'Creo que luchan por los pobres'
Fui llamado la Corte
y cumplí tu voluntad.
      Miro las estrellas y digo:
               he cumplido tus mandatos.
En nuestro pequeño rincón, la revolución planetaria
   una humanidad sin clases
                              aquello
por lo que el planeta gira alrededor del sol.
      ¡la unificación
   del universo!
            Y las "tinieblas exteriores":
               ¿los espacios inter-estelares?
Todo es movimiento
hágase tu voluntad
así en el planeta como en las galaxias.
(De Canto a un país que nace, México, Juan Pablos,1978, pp. 261-263).



domingo, junio 15, 2014

Cuidado con el perro quiltro

Por Pablo Paredes

Me gustaba que se llamase Yasna, me gustan los nombres que avisan la pobreza, esos nombres como Jhonatan y Jenifer, esos nombres que dicen cuidado con el perro quiltro, que marcan terreno, que avisan la selva. La Clase Media hace chiste con esos nombres, les parecen ridículos y graciosos sobre todo cuando son deformaciones anglo que se mezclan con un pobre Pérez o un pobre Carrasco, se ríen y en la noche se van a la fiesta kitsh de La Blondie. Se llamaba Yasna y la amé tanto. La clase media se ríe en función de los nombres connotadores de pobreza, ahí intentan marcar su diferencia, sus privilegios, su idílico origen común, pero la Clase Media omite los apellidos, ellos también son Martínez y Hernández, aunque antecedidos por Camilos, Ignacios y Franciscas. No se meten con los apellidos, porque desde ahí son desplazados. Lo que representa Deivid para la Clase Media, es lo mismo que representa Soto para la Clase Alta. Se llamaba Yasna Rivas y la amé tanto.
De Frío en la noche latina, 2005.

sábado, abril 19, 2014

PHU sobre Las Casas

Gaugin, Adán y Eva (1902).


En una breve frase, Henríquez Ureña consigna su admiración hacia Bartolomé de Las Casas, al tiempo que señala irónicamente el quijotismo de su empresa redentora y el carácter profundamente humano de sus aspiraciones, que va más allá del evangelio de cualquier religión concreta: sí, es Las Casas, "caballero andante del evangelio de la fraternidad humana".
(PHU, "Música popular de América", Obra crítica, p. 630). 

Difícil pensar en una alabanza menos llena de reparos.

viernes, junio 14, 2013

Edén



En Inglaterra es de mala educación mirar a los ojos,
Y también en Alemania.
Pero nosotros miramos a los ojos sin querer,
Y hoy caminamos por Berlín, persiguiendo la huella de Karl Liebknecht
Y de esa cerda judía, que nadaba por el río, como una niña, mientras ellos le seguían disparando.
En Alemania la ley permite hacer el amor en los parques, siempre que nadie lo note.
Contemplamos la danza de los árboles, a cuya sombre comen otras niñas, casi desnudas.
Nosotros también tenemos apetito
Y nos imaginamos como estatuas.
El agua pasa entre los agujeros del cuerpo de Karl Liebknecht, destrozado por las balas,
Pero aun así, sigue flotando. Aunque casi haya pasado un siglo.
Y nos mira a los ojos desde el lago, mientras comemos y nos consolamos

Brindando en nombre de la vida.

martes, mayo 07, 2013

Fragmentos de cultura provinciana. Mi encuentro con Tarkovski


I
El dueño del local se llamaba Francisco De Borja. Tenía la piel del rostro destrozada por el recuerdo del acné y, sin embargo, traía el cabello largo y cuidadosamente recogido. Vestía de negro impecable. Se paraba muy erguido, como si fuera un bailarín, y nos hablaba a todos de “usted”. Incluso a mí. No importaba que yo sólo tuviera doce años y pareciera de menos. A partir de esa edad, las mujeres parecen crecer más rápido: se ponen guapas; los senos les crecen, y comienzan a subirse la falda y a caminar con orgullo y delicadeza. Y nosotros nos ponemos más feos: vamos creciendo en desorden. A unos se nos alarga repentinamente la nariz y los brazos: seguimos pareciendo niños, pero nuestros brazos se arrastran. A otros sólo nos crecen las orejas. Caminamos por el mundo con timidez nerviosa, como si no supiéramos que nos hemos vuelto una caricatura de nosotros mismos. Nos reímos, pero en secreto ansiamos madurar para sentirnos de nuevo orgullosos. Pero nuestro cuerpo se demora, sigue razones ocultas. Yo seguí pareciendo un niño hasta los veinte o los diecinueve, pero De Borja me llamó de “usted” desde el primer momento. Me elevó con su respeto cuando yo tenía miedo y quería esconderme en todos lados. Era diseñador, pero se mantenía con un pequeño videoclub de películas grabadas por él mismo, junto a su tienda de comics.
El lugar se llamaba “Dunas”, por la película de Lynch y las novelas de Herbert. “¿Usted ya conoce esta película?”. Yo decía que no una y otra vez, y él me guiaba con respeto y delicadeza. Él me decía “don Rafa”; una vez, como compartiendo un secreto, sacó un cartel que había hecho un joven estudiante de licenciatura en la universidad donde daba clases. Me dijo que quería que viera eso, que creía que el muchacho tenía talento. Eran los grandes secretos compartidos con júbilo. Vi mis primeras películas gracias a su videoclub. Las primeras semanas las rentaba de dos en dos. Él me iba guiando, alegre y distanciado, por el cine mexicano, la animación japonesa, la trilogía de Kieslowski. Cada momento juntos era una celebración. Vivíamos en una ciudad pequeña al norte de un país sin memoria. Las películas tardaban meses en llegar al cine desde la capital, y algunas sólo duraban dos días. Mis amigos y yo crecimos con una avidez desbordada: leíamos  todo lo que nos caía en las manos. Hicimos una colección de novelas malas: libros de la Segunda Guerra Mundial, obras dulzonas de Anatole France, best sellers de vampiros, historias casi pornográficas, cuentos de Rulfo y Cortázar. Lo mezclamos todo, sin distinguir lo “bueno” y lo “malo”, y así aprendimos a dedicar nuestra atención apasionada a todo lo que nos llegaba a las manos, sin importar su procedencia. Alguna vez encontramos la mejor novela en el librero empolvado de una tía…
Un día, mi mamá compró una computadora y le puso internet, un lujo casi desconocido. Descubrí por error las páginas de Bartleby y Proyecto Gutenberg. Comencé a leer poesía en inglés, con las palabras titubeantes que había aprendido en las películas pornográficas, el supernintendo y la música. Entraba a los catálogos, abría una letra al azar, tomaba al primer autor y me ponía a leer como si se tratara del asedio a un castillo: avanzaba con furia, aunque no entendiera; si sentía que mi pasión flaqueaba, me movía a otra letra. Así descubrí a Carl Sandburg, a Robert Graves, a Eliot, Yeats y Dostoievsky. Años después, cuando llegué a la ciudad de México, me enteré de que algunos de esos nombres eran famosos. Para mí habían formado parte de un mundo secreto, sólo para mí mismo: fragmentos de una celebración desconocida a la que me abandonaba cuando sabía que nadie me estaba mirando.
Recuerdo también que por unos meses mi mamá decidió probar el DirectTv. Por unos meses pude ver la televisión de la ciudad de México, cuyos canales conocía por la conversación de De Borja. Recuerdo que durante esos meses dejé grabando la programación de madrugada del Canal Once, con la intención de verla toda a la mañana siguiente. Nunca terminé de ver esas cintas. Las guardé durante años, con la intención de por fin acabarlas.
Así vi por primera vez El espejo. Recuerdo que lloré, y que no entendí nada. También, que me quedé dormido antes de que llegara al final, pero también, que atesoré esos primeros veinte minutos y que los vi una y otra vez sin la necesidad de pasar adelante. “¿Ya viste esa película, De Borja?”. Y él, extrañado, me diría que no. En aquella época no entendía la razón por la que la gente se sentía obligada a acabar los libros. Me parecía natural pasar meses rumiando cuatro versos de Tierra Baldía o Las bodas del cielo y del infierno. Todavía sigo leyendo así. Sigo quedándome dormido después de veinte minutos de mi película favorita. En aquel tiempo nos pasaba que leíamos un libro en un viaje, la casa de algún familiar o una librería de otro lado, y nunca lo volvíamos a encontrar. Le decíamos a los demás que el autor se llamaba Ted Hughes o Paul Celan, y con gestos exagerados intentábamos describir lo que nos había pasado después de leer unas páginas. Era natural no tener cerca las cosas que más nos importaban, conocer nuestras obras favoritas sólo por recuerdos difusos. Apresábamos veinte minutos de una película que no entendíamos: guardábamos con fervor la única grabación que teníamos, y la prestábamos a regañadientes y repitiendo una y otra vez que debían tratarla con cuidado; le contábamos a nuestros amigos que la película trataba de la sensación del viento entre los pastizales; que alguien leía un poema, y una mujer rubia estaba triste. Así aprendimos a amar lo que veíamos sin intentar comprenderlo, y todavía leo así, y sigo amando lo que leo de esa manera.
Recuerdo que, después de esos veinte minutos, comencé a imaginarme mi propio videoclub: haría como De Borja, pero con las películas que había grabado en el Canal Once; compraría otra videocasetera para editar las películas, amorosamente, hasta lograr despojarlas de sus comerciales. Tendría un cuarto lleno de mis hallazgos secretos, y llevaría allí a otros jóvenes para guiarlos de estante en estante. Años después, cuando llegué a la ciudad de México, mi mamá me dijo que tenía que dejar de dormir entre mis libros y películas. Yo le respondí que me sentía acompañado por ellos: más aún, que era como si hablaran entre sí, y me estuvieran cuidando. Y no tuve miedo de sentirme cursi. “Vive en la casa, y la casa permanecerá / Yo te visitaré en algún siglo. / Entra y constrúyeme una casa”.

II
El espejo comienza con un prólogo. El niño cuya vida narrará la cinta enciende la televisión, y mira: la cámara enfoca la televisión para que la miremos a través de la mirada del niño. Así, la técnica articula un deseo: el cineasta desea que nosotros seamos él, para que ella narre también nuestra vida.
En la televisión, una mujer entrevista a un joven. Se llama Yuri Jharkov, y no puede hablar. Tartamudea. ¿Qué es necesario para tomar la palabra? ¿Qué es lo que le impide hablar a Yuri Jharkov? El espejo pone poéticamente en escena el proceso curativo que permite a una persona retomar la palabra – el mismo proceso que ocurre en la curación de Yuri, gracias a la hipnosis de la mujer que lo entrevista, y en la propia película, mientras se hilvanan los recuerdos del personaje principal, que –como sabremos al final de la cinta- es en realidad un adulto que agoniza de tristeza y busca desesperadamente su curación; el mismo proceso que ocurre en Tarkovski, pues a ratos la obra es una autobiografía ficcionalizada, y también en sus espectadores mientras miran; o, por lo menos, que ocurrió en mí, cuando la vi.
Años después emigré a la ciudad de México. Quería estudiar literatura. Tuve mi primer trabajo como vendedor de libros, mientras esperaba a que comenzaran las clases en esa enigmática y añorada Universidad Nacional. Mi papá había muerto hacía poco. Por las noches me llevaba los libros de la librería, y los regresaba en la mañana. Los libreros fueron mis primeros maestros: gente que no había terminado la licenciatura, pero que tenía una relación amorosa y desgarrada con aquellos objetos empastados, la misma que tenían con sus esposos e hijos. Ganaba más que mis jefes. La mitad de mis primeros salarios se iba en el pasaje y las comidas; la otra mitad, en los libros que le compraba a mi librería. Así llegué a Esculpir el tiempo. Pasé meses leyendo sólo las primeras páginas, en donde Tarkovski transcribe algunas cartas de sus espectadores. Ellas se me volvieron una especie de manifiesto.
Una mujer me escribió desde Gorki:
“Gracias por El espejo. Mi infancia fue así, pero, ¿cómo pudo usted saberlo?
“El viento era igual y los truenos… ‘Golka, saca al gato’, gritaba mi abuela… El cuarto estaba a oscuras… y la lámpara de petróleo también se apagaba, y la sensación de esperar a que mi madre regresara, llenaba completamente mi alma… y qué bellamente muestra su película el despertar de la conciencia en el niño, del pensamiento… Oh Dios, qué verdadero… Realmente desconocemos el rostro de nuestras madres. Y qué simple… ¿Sabe? Viendo en esa gran sala a oscuras la pequeña tela iluminada por su talento, sentí por primera vez en la vida que no estoy sola”.

En la ciudad de México pude entrar, por primera vez, a bibliotecas públicas enormes. Después de años de haber buscado otro libro de Robert Graves, uno diferente al que ya había leído, encontré que sólo era necesario poner ese nombre en una computadora para que aparecieran, mágicamente, cuatro o cinco títulos Sí era como una magia. Pero también conocí, por primera vez, lo que se siente cuando algo que había sido una celebración humilde se vuelve de pronto actividad reconocida y prestigiosa: las muchachas de la facultad se fijaban en mí. Me sentía muy feliz, pero también confundido. Descubrí que yo podía ser una persona amenazante. Resultó que las películas de Tarkovski eran elitistas y estaban hechas para el público sofisticado. En la dulce comedia de equivocaciones conformada por nuestros primeros amores, yo intentaba explicarle a novias ofendidas por mi elitismo que no tenían por qué enojarse conmigo: que yo tampoco sabía de qué se trataba El espejo, pero que el chiste de la película estaba en verla como se camina por un parque. Les leía esas cartas del principio de Esculpir el tiempo, donde obreros, maestras y jubilados dicen que ellos tampoco entendieron nada, pero que por primera vez, sintieron que no estaban solos. Les leía una carta donde se habla de un debate donde todos los participantes dijeron, sin excepción: “la película trata de mí”. Y pensaba en qué es lo que hace grande a una gran película; el libro de Tarkovski se hacía más enigmático mientras descubría la existencia de esa supuesta línea arbitraria que divide el arte ingenuo del arte consciente de su propio lenguaje, y a los espectadores humildes, exiliados del arte (maestras, obreros y jubilados), de los otros, los presuntamente sofisticados.
En la cinta, una y otra vez, los espejos aparecen en momentos decisivos, cuando los personajes deben encontrarse con sí mismos y salir de la tristeza. “Toda la vida hablarás en voz alta y con claridad”, dice la mujer que hipnotizó a Yuri. Y él dice, de frente a nosotros: “yo puedo hablar”, y con esa afirmación esperanzada y firme nos promete que nosotros también podremos. Para ese momento, él mira directamente a la cámara, como si se reflejara en nosotros.  El narrador dice: “una y otra vez tengo el mismo sueño. Como si el sueño quisiera obligarme a volver a aquellos lugares amados hasta el dolor, la casa del abuelo donde nací sobre la mesa de la cocina”. Sus recuerdos se hilvanan siguiendo una lógica poética que se basa en las correspondencias y las metáforas compartidas: la infancia de Alioscha, el hombre que agonizaba; la soledad de su madre, que amó desesperadamente a su papá y lo esperó mientras servía en la guerra, y después fue abandonada por él; la relación dolorosa entre Alioscha y su exesposa; la vida de su hijo, Ignatz, atrapado en el mismo silencio que él tuvo cuando niño, y que, como él, se ve condenado a repetir la misma historia de abandono y soledad.
La actriz de la exesposa interpreta a la madre, y el niño Alioscha se vuelve el niño Ignatz. En una escena, el eco del sonido de la lluvia se mezcla con el eco del sonido de un incendio. En diferentes épocas suceden cosas similares: distintos niños abren el mismo libro de Leonardo; metáforas comunes, como la pérdida de la voz, enhebran el prólogo de Yuri, la historia de Alioscha y la de Ignatz. La lógica de la poesía es la lógica de la memoria, y ella nos muestra la solidaridad que une a las generaciones, y relaciona la película con lo que nosotros mismos hemos vivido y recordado. Dice la carta de un obrero de Leningrado: “Es una gran virtud el poder escuchar y entender… Éste es, después de todo, el primer principio de las relaciones humanas: la capacidad de entender y perdonar a la gente sus faltas involuntarias, sus fallas naturales. Si dos personas fueran capaces de experimentar la misma cosa aunque fuera una sola vez, serían capaces de entenderse mutuamente, aun cuando una viviera en el tiempo de los mamuts y la otra en la era de la electricidad”.
Los tiempos se confunden, y la cinta nos obliga a despojarnos del prejuicio narrativista que valoraría utilitariamente la ejecución de cada escena a partir de su ubicación en el argumento general: muchas veces, uno no sabe cuándo ocurre lo que estamos viendo. El potencial evocador de esas imágenes queda liberado por su aparente falta de ubicación temporal, y ese potencial nos invita a extender el juego hacia nuestros propios recuerdos. Y sí, somos nosotros quienes debemos recuperar la palabra. O por lo menos, así me ocurrió a mí. El libro y la obra se volvieron enigmáticos conforme comencé a preguntarme por las razones que hacen necesario el arte. Mi angustia en la niñez; la admiración recelosa hacia mi padre, que acababa de morir; el sentimiento del viento que recorre los árboles; la historia ominosa del mundo, y el presagio de la inmortalidad. Todo ello adquirió forma cuando vi esa película. Hoy la sigo recomendando a los alumnos que llegan a mis clases, sobre todo cuando los presiento perdidos. Tengo la esperanza de que ella les ayudará a crecer, así como a mí me ayudó. 

miércoles, abril 17, 2013

De cómo se creó la idea nociva de que los buenos filósofos deben escribir terriblemente


Todo el que tenga amigos que han estudiado la carrera de filosofía sabrán de ese vicio académico que demasiadas veces lleva a condenar a la gente que escribe bien ("si le entienden, lo que dice seguramente es poco filosófico"). La cosa ha hecho mucho daño entre los estudiosos del pensamiento filosófico latinoamericano, pues nuestros filósofos tienen la mala fortuna de ser, también, buenos escritores. Yo mismo, como profesor, he visto una y otra vez el vergonzoso espectáculo de estudiantes míos que se empeñen en escribir mal, como si sus textos fueran malas traducciones del alemán. Lo más vergonzoso es que parecen creer que, con ello, sus textos ganarán en profundidad.

Y menciono la lengua alemana porque voces autorizadas del pasado le echaban la culpa de todo esto a los alemanes. O, al menos, ésa era la opinión de Schelling:

"Los alemanes se habían limitado a filosofar exclusivamente entre ellos durante tanto tiempo que poco a poco se estaban alejando cada vez más, en pensamientos y palabras, de lo que generalmente (no sólo acaso en Alemania) era inteligible, y el grado de ese alejamiento casi se convirtió finalmente en el criterio para distinguir la maestría filosófica. Apenas necesitamos aducir ejemplos. Como las familias que se alejan del trato común, viven sólo entre sí, y finalmente adoptan, aparte de otros idiotismos repelentes, también expresiones propias que nada más entienden entre ellos, así les había ocurrido a los alemanes con respecto a la filosofía, y cuanto más desistieron de hacerse inteligibles a los demás pueblos, tras algunos fallidos intentos de divulgar la filosofía kantiana fuera de Alemania, tanto más consideraron la filosofía como algo que existía exclusivamente para ellos, sin pensar que la intención original y, aunque a menudo no se consiga, irrenunciable de toda filosofía se dirige precisamente a la comunicación universal".


miércoles, julio 21, 2010

Las metamorfosis de la dignidad

Ganímedes con su gorro frigio (obra de Bertel Thorvaldsen, 1817).


Para celebrar mi lectura de El eclipse de la fraternidad, uno de los libros más hermosos que me tocó conocer este año, quise poner aquí el enlace a un texto del mismo Antoni Domènech, autor del libro: para chuparse los dedos.

Pedro Henríquez Ureña y los gestos del pensar

No es una ilusión retórica comparar la obra de Henríquez Ureña a una función respiratoria (Xavier Villaurrutia).
Con José Vasconcelos y Diego Rivera. Fuente: aquí.


"Recuerdo que, en 1909, Pedro vivía en la calle de San Agustín, cerca de la Biblioteca Nacional. Mi casa estaba ubicada en Santa María, en la calle del Naranjo. Solía suceder lo siguiente: al finalizar una reunión, Pedro me acompañaba a casa. En el trayecto continuábamos charlando. Al llegar a los balcones de mi casa no habíamos concluido de expresar nuestras ideas. El camino lo recorríamos a la inversa. Ya en la casa de Pedro, éste me decía: “Ahora sí te encamino y regresa solo”. Estas conversaciones peripatéticas se prolongaban de las ocho de la noche a las cuatro de la mañana. Mi familia se preguntaba qué era lo que hacíamos Pedro y yo. Nos oían hablar durante cinco o diez minutos bajo los balcones de la casa. Después, enmudecíamos por espacio de dos horas. Por fin volvían a escuchar nuestras voces. En mi casa ignoraban que los silencios estaban destinados a caminar" (Martín Luis Guzmán).
***

Después de como cinco años, por fin apareció publicado este artículo mío (¡yo pensé que no saldría nunca!). Estoy contento.

martes, febrero 02, 2010

Apunte: una caricia



Una tierra, un continente, un respiro.

Paso a través de tu cuerpo con mis manos
que intentan guardar la memoria del paisaje perdido.

Permitir el pasar del paisaje.

Permitir el recuerdo.

Tendríamos que mirar por la ventana,
a la izquierda,
con la mirada vacía.

Permitir el silencio:
todo lo que hoy se marcha
estuvo vivo alguna vez.

Todo lo que resucita.

Tendríamos que morder una manzana.
Escribir una carta sincera.
Hablar -por ejemplo- por teléfono.

Pronunciar con la mano abierta nuestro nombre secreto.

Las calles doradas de lluvia
que se abren de cuajo
con el beso sorpresivo de un rayo de sol.

Nuestro nombre secreto.
Un globo que se aleja.
O la danza del polvo en la mañana calurosa,
a través de la ventana abierta.
O el silencio de la noche.

Nuestro nombre que palpita.

Una promesa:
tras la tierra encontrarás la tierra.
Y por eso, permite que hoy se marche lo que hoy pasa.

Nuestro nombre secreto
que palpita como el sol,
a través de nuestras ropas.


miércoles, enero 27, 2010

Uno de mis secretos




Ya que estamos hablando de nuestros miedos, te lo puedo decir: le tengo miedo a la sopa de pasta. Mi mejor amigo, Andrés, me regaló un delantal: dice "peligro, hombre cocinando". Yo le quise regalar unos zapatos ortopédicos, para que se canse menos en las horas de trabajo. Pero la zapatería estaba cerrada. Andrés se echó a reír, y me dijo que de veras éramos como hermanos: nomás a los hermanos se les ocurre regalar zapatos. Tengo el privilegio de la buena voluntad y del aburrimiento. Una vez alguien me dijo: soy pésima para cocinar. Una vez, yo respondí: a mí me encanta cocinar, pero me olvido muy rápido de cómo hacerlo: soy pésimo. He aprendido cinco veces a hacer sopa de pasta, y cuando la vuelvo a hacer descubro que ya no me acuerdo. Se me quema la sopa, y trato de hacer bromas conmigo mismo para sentirme menos triste por haberla quemado. A mí me gusta cocinar, pero sólo cuando te invito. En una película dicen: la cocina es el corazón de las casas. Cuando como solo, meto la cuchara directamente a la lata, como guerrillero enmascarado que come a la mitad de una guardia en el inmenso país de nuestra soledad. Tengo un cuaderno donde escribí todas las recetas que me gustaban antes de irme por segunda vez de la casa. Cada receta está llena de los detalles más nimios: son las pequeñas tablas de salvamiento para ganar seguridad mientras se cocina y el otro está sentado en la barra. Un día invité a una amiga a desayunar. Estábamos haciendo huevos estrellados. Había tanto nerviosismo y alegría, que yo movía y movía los huevos, hasta que se rompieron y quedaron pegados al sartén. Siempre que me pasa eso tengo una sensación muy parecida a la vergüenza. Ella me dijo, como para consolarme: deberías dejarlos cocinarse solos. Yo dije: uno debería dejar que muchas cosas pasaran solas. El ritmo de los huevos en la cacerola es como el ritmo de todas las cosas. El ritmo del mundo. A veces hacer es dejar de hacer. Pero yo quiero escribirte a diario, y me pongo contento cuando me llegan tus correos y leo que tú también me querías escribir. Estoy viviendo la crisis de la soltería: cocino para mí. La comida se pudre: es que casi no vengo a comer. Tengo que tirar todo: me enojo conmigo mismo. El refri queda vacío. Lo abro para buscar qué comer, y no hay nada porque el refri está vacío. Me recuerdo a mí mismo que no debo dejarme vencer: hoy llegué cansado, pero me puse a hacer sopa de pasta. No se me quemó, lo cual es bueno, pero la verdad le falta aún un poco de sazón.

lunes, enero 04, 2010

La ASARO



Cartel del 2006



En el Foro Social Mundial,
zócalo de la ciudad de México (2008)







"La Asamblea de Artistas Revolucionarios de Oaxaca, surge del llamado de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca APP0, para conformar APPOS en todos los frentes, con la finalidad de que se organicen todos los sectores para darle resistencia y unificar esta lucha en contra de la tiranía de un gobierno que representa los intereses de los ricos…"


En Atzompa.


Miliett acaba de abrir su blog, y escribió una presentación de la obra de Bansky. Por eso me acordé de esto.



Esténciles de 2008






A la ASARO se la puede contactar por medio de este blog.


viernes, diciembre 18, 2009

Mickiewicz, religión y revolución


Estoy leyendo en francés un libro sobre este gran poeta católico polaco del siglo XIX.

Letanía de los peregrinos
Adam Mickiewicz (1798-1855)

Kyrie eleison, Christe eleison.
Padre nuestro, que has sacado a tu pueblo de la servidumbre de Egipto
[y lo has llevado de nuevo a la Tierra Santa.
Llévanos de nuevo a nuestra patria.
Hijo de Dios, nuestro Salvador, que has sido martirizado y crucificado,
[más tarde resucitado y que reinas en la gloria.
Despierta nuestra patria de entre los muertos.
Madre de Dios, que nuestros padres llamaban reina de Polonia
[y de Lituania.
Salva Polonia y Lituania.

San Estanislao, patrón de Polonia,
Ruega por nosotros.
San Casimiro, patrón de Lituania,
Ruega por nosotros.
San Josafat, patrón de los rusos,
Ruega por nosotros.
Todos los santos patronos de nuestra República,
Rogad por nosotros.

De la servidumbre moscovita, austriaca y prusiana,
Líbranos, Señor.
Por el martirio de treinta mil guerreros de Bar, muertos por la fe
[y la libertad,
Líbranos, Señor.
Por el martirio de los veinte mil ciudadanos de Praga, masacrados
[en aras de la fe y la libertad,
Líbranos, Señor.
Por el martirio de los jóvenes lituanos matados a palos, muertos
[en las minas y en el exilio,
Líbranos, Señor.
Por el martirio de los habitantes de Oszmiana, masacrados en las iglesias
[y en las casas,
Líbranos, Señor.
Por el martirio de los soldados degollados en Fischau por los prusianos,
Líbranos, Señor.
Por el martirio de los soldados azotados con el knudt hasta la muerte
[por los moscovitas, en Cronstadt,
Líbranos, Señor.
Por la sangre de todos los soldados muertos en la guerra por la fe
[y la libertad,
Líbranos, Señor.
Por las heridas, las lágrimas y los sufrimientos de todos los prisioneros,
[exiliados y peregrinos polacos,
Líbranos, Señor.

Concédenos la guerra general para la libertad de los pueblos,
Te rogamos, Señor.
Armas y nuestras águilas nacionales,
Te rogamos, Señor.
Una muerte feliz en el campo de batalla,
Te rogamos, Señor.
Una tumba en nuestra patria para nuestros huesos,
Te rogamos, Señor.
La independencia, la integridad y la libertad de nuestra patria,
Te rogamos, Señor.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
Amén.

(El libro de la Nación polaca y de los Peregrinos polacos [ca. 1834],
Barcelona, Tecnós, 1994, pp. 82-84.)